Autor:
Mafer Espinoza Navarro
La casa de María era
ya visible al fondo de la calle, la veía ahí, naranja, era una casa diferente, me dije, la puerta estaba elevada poco
más de un metro del suelo conectada a este por una especie de escalera en
caracol, junto a la escalera, más baja que la puerta, estaba una ventana
cuadrada desde la cual era perfectamente visible un jardincito bien cuidado y
al fondo la casa en sí.
Toqué el timbre una
vez y luego regresé a la ventana, ahí, bajo el portal, hacía un fresco aire,
entonces salió María de su casa, primero la cabeza que al reconocerme sonrió y
salió por completo, mi amiga aún iba con el uniforme, igual que yo. La vi bajar las escaleras del
portal y ponerse a mi lado para dirigirnos al cine.
El cansancio que yo
tenía era realmente impresionante, y nadie más había llegado a la cita acordada
en la plaza, al llegar a las salas, sin razón aparente, dejamos los celulares
encargados en paquetería y nos dispusimos a comprar boletos, pero al ver mi
somnolencia María insistió en que intentara dormir en los sillones fuera del
cine y que ella entraría sola, no me opuse, la vi entrar a la película, luego
me recosté en un cómodo sofá y caí profundamente dormido.
Me despertó mi madre,
el cine estaba más vacío y se sentía la tarde más que nunca, es tarde, o algo
así me dijo, asentí distraídamente mirando a mí alrededor, seguramente ya se
había ido María, me levanté y seguí a mi madre hacia la salida.
Ya íbamos en el auto
camino a la casa cuando sentí una ausencia en mi bolsillo, el celular, lo había
dejado en paquetería en la plaza, iba a decírselo a mi mamá cuando sonó su
teléfono, ella lo contestó.
Era la madre de María,
no la encontraban por ningún lado, no contestaba a su teléfono y lo último que
sabían era que había salido conmigo, sentí un golpe en el estómago mas traté de
calmarme, el teléfono era por lo de paquetería, estaba dispuesto a creer que
María, a lo mejor, se había quedado dormida en la sala, con suerte iría a
despertarla y todo se resolvería, se lo dije a mi madre y dimos la vuelta.
La muchacha de
paquetería ni siquiera daba señales de reconocerme, cuando le pregunté sobre
los celulares dijo que ya habían pasado por ellos ¿Quién?, atiendo a muchas
personas, como voy a saber yo a quien. Sentí una nausea en el estómago
sintiendo que la desesperación me embargaba sospechando lo peor.
Fui a la sala, tras
unos minutos de discusión el hombre de seguridad me dejó ir acompañado por él,
ya exhibían otra película, y aunque busqué por todos lados no encontré ni
rastro de María, empezaba a perder la cabeza, y me dirigí al sofá de hacía unas
horas y verifiqué en el celular de mi madre con conexión a Internet.
Lo que vi me dejó
impresionado, María estaba conectada, sentí alivio, la saludé diciendo que era
yo quien hablaba, ella parecía divertida e insistía que estaba en su casa desde
hacía ya una hora…, eso no cuadraba.
Su madre había llamado
diciendo que no la encontraban y ahí estaba ella asegurando por chat que estaba
en casa, entonces revisé de nuevo su estado: “Conectada desde el móvil”, sentí
un escalofrío, “¡No!” fue todo lo que alcancé a decirme.
Iba a vomitar, yo lo
sabía, corrí al baño, no me di cuenta que era el de damas hasta que al estar
entrando vi a mi madre hablando con el viejo que repartía toallas, la niña de
cabello chino estuvo aquí hace hora y media mas o menos, no platiqué con ella,
pero parecía normal, decía el viejo y yo me contuve apenas las ganas de
vomitar, llorar y morir de desesperación sólo para contarles que había pasado
hace unos momentos, aún no salían de su asombro cuando una señora de cabello
negro entró al baño.
Me miró fijamente,
traía algo sujetado con las dos manos, el viejo lo vio al mismo tiempo que yo,
un revólver y trató de sujetarla por los hombros gritando como loco, yo me
quedé ahí parado mientras la mujer me miraba enloquecida, mi madre estaba
detrás de mi, pero ella me apuntaba a mi, me lancé a detenerla desviando el
revólver a otro lado, pero la mujer era fuerte y de un empujón volvió a apuntar
con firmeza lanzándome contra los lavabos.
Cuando me incorporé
ella ya no me apuntaba, apuntaba a mi madre, sabes que la mataré niño, sabes
que lo haré, no me vuelvas a detener, mostrando un valor que no sentía, me paré
con los brazos extendidos entre el arma y mi madre, con el cañón apuntándome, la
mujer sonrió ligeramente, el viejo ya no luchaba.
Sentí el gatillo
crujir y eso fue todo, no pasó nada más, aquel revólver no me mató ni me
disparó, al instante el viejo derribó a la mujer, yo fui a un inodoro, intenté
vomitar, en cambio me puse a llorar.
Recuerdo haber
escuchado la palabra funeral, apenas había dormido, parecían siglos desde que
había recorrido esa misma acera a la hora de la comida a buscar a María, pero
en realidad sólo había pasado un día, era noche y la luna era llena.
Funeral, pensé y miré
las escaleras, aquellas escaleras por las que había yo visto a María bajar, no
podía soportarlo más, la ventana rectangular estaba abierta y brinqué por ella
y recorrí el jardín por donde María había caminado tan feliz la última tarde de
su vida.
Entré a la casa, la
sala era fina, con muchos estantes y fotos y una alfombra roja y una caja al
fondo que no quise mirar, ahí estaba medio mundo, todos con caras terribles,
excepto por las de cuatro amigos míos, cuatro amigos de ella.
Ahí estaba Alejandra
con la mirada llena de dolor, estaba arreglándole la corbata a Carlos que
lloraba, enfrente de ellos estaban Alejandro y Paola, esta última tenía
escondida la cara en el hombro de Alejandro y él tenía los ojos tan hinchados
de llanto que ocupaban casi toda su cara.
No pude verlos a los
ojos, aquellos ojos que temía me recriminaran, era mi culpa, todos iban de
ropas negras y yo seguía con el uniforme, mi madre que ya lo tenía listo me
extendió un traje, lo tomé y me dirigí a otra habitación para cambiarme.
Comprobé que era el
viejo cuarto de María, pero ya no olía a ella, ya no parecía de ella, parecía
que hasta la última esencia de ella se hubiesen ido con ella hasta la muerte.
Nunca supe como ni
cuando, seguramente pronto, pero la habían encontrado muerta gracias a
declaraciones de la mujer que había intentado matarme y el funeral se había
arreglado cuanto antes para ahorrar más dolor.
Me vestí y cuando
terminé me quedé contemplando los restos de mi amiga, cuando sonó un estampido
y la puerta se abrió.
Era la madre de María,
lloraba y gritaba como una loca, y supe que realmente estaba loca de dolor, mi
hija, repetía, donde está mi hija…, decía mientras revolvía el cuarto hasta que
una mujer anónima llegó a tranquilizarla.
Regresé a la sala y
encontré ahí a Regina, mi novia, la prima de María, su mejor amiga, tenía una
cara que mostraba una tristeza profunda.
Mas había en aquel
ambiente algo que había cambiado, algo que hacía que el aire se hiciera más
fácil de respirar, todos sonreían melancólicamente, pero yo no podía, incluso
la madre que había regresado se había quedado parada en su sitio con aquella
curiosa sonrisa, eso me hizo sentir aún más mal. Todos miraban el ataúd, pero
yo no lograba encajarme, solté lágrimas de impotencia al creer reconocer que me
pasaba, aquello era el peor momento, aun peor de todo lo que había pasado hasta
entonces.
Me acerqué al ataúd y
ahí estaba María, sonriendo, pero no parecía María, no era ella, aunque sabía
que lo era, ya no era ella, aunque era mi amiga, no la reconocía, ¿Qué me
estaba pasando?
¿Por qué sonríes? Le
pregunté a Regina, ¿No estás triste acaso?, triste, claro que estoy triste,
respondió, pero porque no habría de estar feliz ¿No la sientes?, ¿no la vez
ahí?, ¿no notas su presencia?, ¿ no vez que María está aquí con nosotros?.
Entonces sintiendo una
desesperación más grande de todas las que había sentido en esos últimos días,
dije, ese es el problema, ese es el mayor problema, el problema es que no puedo
sentirla.