lunes, 18 de noviembre de 2013

La ausencia


Autor: Mafer Espinoza Navarro

La casa de María era ya visible al fondo de la calle, la veía ahí, naranja, era una casa diferente, me dije, la puerta estaba elevada poco más de un metro del suelo conectada a este por una especie de escalera en caracol, junto a la escalera, más baja que la puerta, estaba una ventana cuadrada desde la cual era perfectamente visible un jardincito bien cuidado y al fondo la casa en sí.

Toqué el timbre una vez y luego regresé a la ventana, ahí, bajo el portal, hacía un fresco aire, entonces salió María de su casa, primero la cabeza que al reconocerme sonrió y salió por completo, mi amiga aún iba con el uniforme,  igual que yo. La vi bajar las escaleras del portal y ponerse a mi lado para dirigirnos al cine.

El cansancio que yo tenía era realmente impresionante, y nadie más había llegado a la cita acordada en la plaza, al llegar a las salas, sin razón aparente, dejamos los celulares encargados en paquetería y nos dispusimos a comprar boletos, pero al ver mi somnolencia María insistió en que intentara dormir en los sillones fuera del cine y que ella entraría sola, no me opuse, la vi entrar a la película, luego me recosté en un cómodo sofá y caí profundamente dormido.

Me despertó mi madre, el cine estaba más vacío y se sentía la tarde más que nunca, es tarde, o algo así me dijo, asentí distraídamente mirando a mí alrededor, seguramente ya se había ido María, me levanté y seguí a mi madre hacia la salida.

Ya íbamos en el auto camino a la casa cuando sentí una ausencia en mi bolsillo, el celular, lo había dejado en paquetería en la plaza, iba a decírselo a mi mamá cuando sonó su teléfono, ella lo contestó.

Era la madre de María, no la encontraban por ningún lado, no contestaba a su teléfono y lo último que sabían era que había salido conmigo, sentí un golpe en el estómago mas traté de calmarme, el teléfono era por lo de paquetería, estaba dispuesto a creer que María, a lo mejor, se había quedado dormida en la sala, con suerte iría a despertarla y todo se resolvería, se lo dije a mi madre y dimos la vuelta.

La muchacha de paquetería ni siquiera daba señales de reconocerme, cuando le pregunté sobre los celulares dijo que ya habían pasado por ellos ¿Quién?, atiendo a muchas personas, como voy a saber yo a quien. Sentí una nausea en el estómago sintiendo que la desesperación me embargaba sospechando lo peor.

Fui a la sala, tras unos minutos de discusión el hombre de seguridad me dejó ir acompañado por él, ya exhibían otra película, y aunque busqué por todos lados no encontré ni rastro de María, empezaba a perder la cabeza, y me dirigí al sofá de hacía unas horas y verifiqué en el celular de mi madre con conexión a Internet.

Lo que vi me dejó impresionado, María estaba conectada, sentí alivio, la saludé diciendo que era yo quien hablaba, ella parecía divertida e insistía que estaba en su casa desde hacía ya una hora…, eso no cuadraba.

Su madre había llamado diciendo que no la encontraban y ahí estaba ella asegurando por chat que estaba en casa, entonces revisé de nuevo su estado: “Conectada desde el móvil”, sentí un escalofrío, “¡No!” fue todo lo que alcancé a decirme.

Iba a vomitar, yo lo sabía, corrí al baño, no me di cuenta que era el de damas hasta que al estar entrando vi a mi madre hablando con el viejo que repartía toallas, la niña de cabello chino estuvo aquí hace hora y media mas o menos, no platiqué con ella, pero parecía normal, decía el viejo y yo me contuve apenas las ganas de vomitar, llorar y morir de desesperación sólo para contarles que había pasado hace unos momentos, aún no salían de su asombro cuando una señora de cabello negro entró al baño.

Me miró fijamente, traía algo sujetado con las dos manos, el viejo lo vio al mismo tiempo que yo, un revólver y trató de sujetarla por los hombros gritando como loco, yo me quedé ahí parado mientras la mujer me miraba enloquecida, mi madre estaba detrás de mi, pero ella me apuntaba a mi, me lancé a detenerla desviando el revólver a otro lado, pero la mujer era fuerte y de un empujón volvió a apuntar con firmeza lanzándome contra los lavabos.

Cuando me incorporé ella ya no me apuntaba, apuntaba a mi madre, sabes que la mataré niño, sabes que lo haré, no me vuelvas a detener, mostrando un valor que no sentía, me paré con los brazos extendidos entre el arma y mi madre, con el cañón apuntándome, la mujer sonrió ligeramente, el viejo ya no luchaba.

Sentí el gatillo crujir y eso fue todo, no pasó nada más, aquel revólver no me mató ni me disparó, al instante el viejo derribó a la mujer, yo fui a un inodoro, intenté vomitar, en cambio me puse a llorar.

Recuerdo haber escuchado la palabra funeral, apenas había dormido, parecían siglos desde que había recorrido esa misma acera a la hora de la comida a buscar a María, pero en realidad sólo había pasado un día, era noche y la luna era llena.

Funeral, pensé y miré las escaleras, aquellas escaleras por las que había yo visto a María bajar, no podía soportarlo más, la ventana rectangular estaba abierta y brinqué por ella y recorrí el jardín por donde María había caminado tan feliz la última tarde de su vida.

Entré a la casa, la sala era fina, con muchos estantes y fotos y una alfombra roja y una caja al fondo que no quise mirar, ahí estaba medio mundo, todos con caras terribles, excepto por las de cuatro amigos míos, cuatro amigos de ella.

Ahí estaba Alejandra con la mirada llena de dolor, estaba arreglándole la corbata a Carlos que lloraba, enfrente de ellos estaban Alejandro y Paola, esta última tenía escondida la cara en el hombro de Alejandro y él tenía los ojos tan hinchados de llanto que ocupaban casi toda su cara.

No pude verlos a los ojos, aquellos ojos que temía me recriminaran, era mi culpa, todos iban de ropas negras y yo seguía con el uniforme, mi madre que ya lo tenía listo me extendió un traje, lo tomé y me dirigí a otra habitación para cambiarme.

Comprobé que era el viejo cuarto de María, pero ya no olía a ella, ya no parecía de ella, parecía que hasta la última esencia de ella se hubiesen ido con ella hasta la muerte.

Nunca supe como ni cuando, seguramente pronto, pero la habían encontrado muerta gracias a declaraciones de la mujer que había intentado matarme y el funeral se había arreglado cuanto antes para ahorrar más dolor.

Me vestí y cuando terminé me quedé contemplando los restos de mi amiga, cuando sonó un estampido y la puerta se abrió.

Era la madre de María, lloraba y gritaba como una loca, y supe que realmente estaba loca de dolor, mi hija, repetía, donde está mi hija…, decía mientras revolvía el cuarto hasta que una mujer anónima llegó a tranquilizarla.

Regresé a la sala y encontré ahí a Regina, mi novia, la prima de María, su mejor amiga, tenía una cara que mostraba una tristeza profunda.

Mas había en aquel ambiente algo que había cambiado, algo que hacía que el aire se hiciera más fácil de respirar, todos sonreían melancólicamente, pero yo no podía, incluso la madre que había regresado se había quedado parada en su sitio con aquella curiosa sonrisa, eso me hizo sentir aún más mal. Todos miraban el ataúd, pero yo no lograba encajarme, solté lágrimas de impotencia al creer reconocer que me pasaba, aquello era el peor momento, aun peor de todo lo que había pasado hasta entonces.

Me acerqué al ataúd y ahí estaba María, sonriendo, pero no parecía María, no era ella, aunque sabía que lo era, ya no era ella, aunque era mi amiga, no la reconocía, ¿Qué me estaba pasando?

¿Por qué sonríes? Le pregunté a Regina, ¿No estás triste acaso?, triste, claro que estoy triste, respondió, pero porque no habría de estar feliz ¿No la sientes?, ¿no la vez ahí?, ¿no notas su presencia?, ¿ no vez que María está aquí con nosotros?.

Entonces sintiendo una desesperación más grande de todas las que había sentido en esos últimos días, dije, ese es el problema, ese es el mayor problema, el problema es que no puedo sentirla.

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