Por: Gerardo Doroteo
Había una vez una familia de ratones que vivían en las costas de España, un día de esos, cuando llegó la noticia de que una de las mejores ferias se acercaba, Martí, el ratón más pequeño, pasó suplicándole a su mamá que lo llevara en compañía de su hermana Claudia.
Cuando los anuncios de la feria fueron pegados en su localidad, Martí, con mayor insistencia le dijo a su mamá que lo llevara, él repetidamente le decía:
-¡Mamá! ¡Quiero ir a la feria a subirme a todas las atracciones!
La mamá le contestaba:
-Sí Martí, pero se paciente, ya falta poco para que vallamos.
Martí esperó una semana para al fin poder ir y divertirse un rato con su hermana. Era un sábado en la tarde, cuando su mamá los llevó, Martí quedó encantado y deseaba subirse a todas las atracciones que había.
Como iba pasando el tiempo, fue subiéndose a distintas, cuando de repente vio una que le atrajo por completo la atención, su mamá le dijo que no corriera para subirse, pero él no hizo caso alguno de lo que su mamá le insistía; así que sin pedir consejo alguno del empleado que atendía esa atracción, subió sin darse cuenta de que estaba fuera de servicio. Cuando se encontraba en lo más alto de la atracción, resbaló y cayó. Su mamá y Claudia estaban angustiadísimas, aunque afortunadamente Martí solo se había rasguñado la cara, desde ese entonces, Martí se dio cuenta que tenía que obedecer a su mamá y no ser tan impaciente, así aprendió la lección.

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