Autor: Vania Leon Ruiz
Corrían tiempos de 1875, en aquel México dividido por
clases sociales se encontraba la familia Baudelaire dueña de una maquiladora en
el estado de Guadalajara, aquella familia había llegado de Francia a
México por invitación del famoso
empresario Fernald Portinari para que juntos formaran una sociedad. La familia estaba formada por cinco
integrantes, el padre Olaf Baudelaire, hombre serio, siempre al pendiente de su
familia; la madre Olga Baudelaire, mujer elegante a quien le gustaba mantener
todo en orden; el hijo mayor Simón Baudelaire, joven apuesto pero arrogante;
Cristiana Baudelaire, ella era la única hija, así que era muy consentida, pero
la más humilde de su familia; y por último el pequeño y travieso Gustavo
Baudelaire.
Esta
familia no era la excepción de las familias de la alta sociedad de aquella
época, maltrataba e insultaba a todos sus empleados, pero había un pequeño
detalle Cristina tenía otras ideas, ella decía que no había por qué tratar así
a las personas, era amable con todos, no tenía personas que le ayudaran a
vestir como a su madre, pasaba algunas tardes con las cocineras, claro a
escondidas de su mamá.
Cristina
tenía quince años, ella y sus hermanos tenían tutores personales quienes les
impartían algunas materias, su hermano de dieciocho creía tener la razón en
todo así que nunca obedecía al tutor y el pequeño Gustavo era muy inquieto así
que el pobre tutor sufría todos los días para que le pusiera un poco de
atención, Cristina era la única que tenía intenciones de aprender y esto su
maestro lo notaba, así que le daba libros sobre la cultura de Francia ya que
ella tenía vagos recuerdos de su país.
Como
todas las noches, Cristina estaba sentada en su balcón cepillando su largo y
hermoso cabello, mirando las estrellas, preguntándose si habría forma de
tocarlas. Esa noche, aquella noche que era inolvidable para Cristina, la razon
era que su padre había llegado de un viaje que había hecho a la ciudad de
México, pero había llegado acompañado, con él iba un joven guapo, con clase, de
buena apariencia, se llamaba Antonio Hernández, era hijo de un empresario en
Veracruz, el joven se encontraba en Guadalajara debido a que su padre quería
que conociera más la maquiladora con la que se iban a asociar, pero para la
familia Baudelaire, Antonio tenia un pequeño detalle, sus padres no eran de
descendencias europeas, sino que gracias a todo el esfuerzo que su padre había
hecho, habían podido sobresalir; pero esto no importaba a los Baudelaire,
si una familia no era de descendencia
europea los creían inútiles y como arrimados en la sociedad.
Cristina,
impactada por aquel muchacho fue a dormir, pero no podía conciliar el sueño
pensando en quién era ese joven tan apuesto.
A la
mañana siguiente, muy temprano Cristina bajó a desayunar y así es, ahí estaba
ese joven que se había robado el sueño de la bella Cristina, el papá de la
joven le presentó a Antonio, Cristina sin poder decir alguna palabra, extendió
su mano como era costumbre e hizo una pequeña presentación. Acabado el
desayuno, el padre de Cristina se dirigió hacia Simón preguntando si deseaba
acompañar a él y a Antonio a dar un recorrido por la maquiladora, pero Simón
con gestos de repulsión se negó a acompañarlos y dijo que cómo era posible que
un “mestizo” estuviera viviendo bajo su mismo techo. Al escuchar esto Cristina
de quedó sorprendida, el amor de su vida no era europeo, iba a hacer imposible
su relación, ya que su familia se opondría.
Llegada
la tarde, Cristina estaba tomando el té, sentada en una mesa que tenían en el
jardín, en ese momento llegó Antonio de su recorrido por la maquiladora, el
padre de Cristina muy cansado entró a la casa y el joven se acercó a ella
preguntado qué era lo que hacía, Cristina algo nerviosa contestó que leyendo un
libro y tomando el té, ofreció una taza a Antonio y le invitó a tomar asiento.
Los
muchachos estuvieron platicando durante mucho rato sobre sus familias, sus
gustos personales y ninguno quitaba esa sonrisa típica de los enamorados, hasta
que Antonio mencionó que se iba de Guadalajara en dos días, Cristina
rápidamente sin despedirse se retiró muy angustiada de la mesa hacia su
recámara.
Llegado
el tiempo de ida de Antonio, este dejó un recado en la puerta del cuarto de
Cristina, en el cual escribía donde podría encontrarlo si le quisiere escribir,
pero cometió un error, no fue cuidadoso de que nadie lo viera, y Simón antes de
que Cristina viera la carta, la sacó de su recámara.
Ya
que Antonio había partido, Simón había leído lo que la carta decía y para
evitar que su hermana tuviera alguna relación cercana con un “mestizo”, le dijo
a ella que Antonio había dejado un recado para ella con él, era que Antonio
decía que Cristina era la mujer más descortés que había conocido y que nunca le
gustaría volverla a verla.
Cristina
reaccionó de manera agresiva y maldijo a Antonio, dijo que ella tampoco quería
volver a saber de él; y así fue, los jóvenes enamorados jamás se volvieron a
ver.
FIN

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